Cuando un sobreseimiento no alcanza

Marcelino Monchietti se desempeñaba como profesor de música en dos jardines escolares de la ciudad de Río Grande. En agosto de 2015 fue acusado de abusar de sus alumnos, todos niños de entre 3 y 5 años. La acusación incluyó también una sentencia inmediata por parte de un grupo de padres que se auto convocó por un grupo de Whatsapp, lo buscó en su domicilio particular y lo golpeó como si viviéramos en los tiempos bíblicos.
Incluso cayó sobre el docente una sentencia moral donde se lo consideró culpable hasta que se pruebe lo contrario – justamente al revés de lo que marca un principio jurídico básico – y sólo era cuestión de esperar que la Justicia diga lo que todos ya sabíamos: Monchietti era un abusador de niños. Y cometía sus fechorías en momentos de trabajo.
Aunque el maestro de música fue quien se llevó la parte de las acusaciones, no fue el único: los directivos de los establecimientos donde este hombre trabajaba estuvieron en el ojo de la tormenta, ya que – siempre según la opinión generalizada de la mayoría – eran cómplices del abusador: aún si no colaboraban con Monchietti ellas desconocían que esas atrocidades estuvieran pasando – con lo que se las podía acusar de negligentes –.
El caso resonó durante mucho tiempo y siempre estuvieron identificados todos los protagonistas del hecho: el docente fue separado momentáneamente de su cargo y señalado por la opinión pública: sus familiares debían convivir con eso. Tampoco se preservó bien la identidad de los niños: se supo de inmediato en qué establecimientos trabajaba Monchietti y qué turnos cumplía.
Los niños fueron sometidos a la cámara Gesell y no se encontraron pruebas que avalen las acusaciones. Los padres, – que actuaron como jueces, parte y verdugos en esta historia – no podían creer lo que estaba pasando; la opinión pública tampoco: “ya lo van a condenar” esperaron muchos.
Lo cierto es que Marcelino Monchietti, docente oriundo de Río Grande, fue declarado inocente de todas las acusaciones en su contra. La Sala Penal de la Cámara de Apelaciones confirmó ayer el sobreseimiento del docente, pero esto no alcanza para que recupere su vida; aún tiene miedo de salir a la calle. “Aprendí a moverme en los horarios en que no me cruzo gente” declaró el profesor al diario “El Sureño”.
Si bien la Justicia lo encontró inocente, Monchietti siente que llevará consigo una marca indeleble que no le dejará ser el mismo de antes. Recuperar la tranquilidad en su vida cotidiana es algo que le tomará mucho tiempo, si alguna vez lo consigue. Mientras tanto, quienes señalaban con el dedo acusador hoy brillan por su ausencia.
Las disculpas tal vez no sean suficientes para reparar todo el daño ocasionado a una familia completa, pero es claro que alguien tendría que empezar a darlas.

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